lunes, 5 de abril de 2010

¿Dónde está Panamá? Behind, behind the musgo

Era casi medianoche. Anita y yo llevábamos más de una hora esperando: el vuelo llegaba con retraso. Ella había llegado a Panamá el día anterior. Después de un largo viaje, tuvo el valor de aventurarse conmigo en la noche panameña y juntos fuimos a disfrutar del acordeón de Ulpiano Vergara (alias "Alipio Ramos"), quien tocó un gran repertorio de típico, un baile muy de aquí, ante un público cuya media de edad rondaba los 50 años. Una experiencia que la sumergió de lleno en el ambiente de la ciudad y que seguro que no olvidará fácilmente.

Por la mañana nos habíamos ido hasta el mercado del marisco para hacernos con unas gambitas que nos comimos en compañía de Mar y Nacho. Ricas, ricas. Igual que rico fue el paseo al sol que nos hicimos de regreso por toda la Avenida Balboa. ¡Cómo apretaba el Loren, eh Anita?


Empezaron a aparecer los primeros pasajeros del vuelo de Iberia y, por fin... ¡ahí están! Una tras otra, siete caras marcadas por el cansancio desfilaron ante mí entre abrazos. "¡Qué lejos está esto!" "¿Pero adónde coño te has venido?"... fueron algunos de los comentarios más repetidos. Pero a esas alturas lo importante era que ya estaban aquí.

Venían hambrientos, por lo que sin entretenernos más que en soltar las maletas en el piso que comparto con Víctor, nos lanzamos al único lugar que vimos abierto: el Pío Pío. Cenamos lo que buenamente pudimos y rápidamente, para no dar tiempo al cansancio a hacer mucha mella en la moral de la tropa, subimos a ducharnos para coger fuerzas de cara a la noche que aguardaba.

La zona de calle Uruguay era el destino ideal: hay música, ron y quedaba cerca. Nos decantamos por un local llamado Pure. Ya en la terraza, que por cierto estaba bastante animada, las botellas de ron Abuelo fueron cayendo. A pesar de la paliza del viaje, faltó poco para que nos dieran las llaves del garito para cerrarlo (¡cierrabares!). Eso sí, después de que la cuenta de las botellas supusiera un pico mucho mayor de lo esperado.


Al salir del garito, y tras el primer gol de Ana Fucker, el sol nos recibió cual si de la salida del Coco Loco en Gandía se tratara. Ahora bien, no contentos con cerrar un garito, fuimos a otro: Velvet. Pillaba camino de casa, por lo que prácticamente fue una parada obligada.

Y como los chicos estaban muertos después de más de 24 horas sin dormir, nos fuimos a casa. Que nooo, que os lo creéis todo. Tras dar un poquito la nota por la calle, nos metimos al Dunkin Donuts a desayunar. Entra donuts, cookies, cafés y hacer el tonto cuando llegamos a casa, nos dieron tranquilamente las 8:30 de la mañana.

El domingo nos levantamos pasado el mediodía para ver el derbi madrileño: Real Madrid-Atlético de Madrid. Les llevé a Bennigan's, un irlandés donde encontramos una zona de sofás pensada para nosotros. Allí lo vimos muy ricamente mientras comíamos y nos tomábamos unos cuantos ejemplares de una de las cervezas locales: la Balboa.


Por la tarde aprovechamos para hacer algo de turismo. Un paseo por Casco Antiguo y unas cervezas en Causeway fueron el plan ideal para ver los lugares más populares de la ciudad. Como colofón, una cena de cocina típica panameña en El Trapiche. Ricos el sancocho y el pescadito, ¿no? De ahí se tocó retirada y todo el mundo a dormir.


Y llegó el lunes. Mientras yo fui a currar, di orden al comando de poner rumbo al Canal. Mi mañana pasó sin gran novedad. A la hora de comer nos juntamos de nuevo. La terraza del PesKito estaba tan cerca que me pareció la mejor opción. Tras una comida regada con alguna cerveza, llegó la hora del postre: una botella de Abuelo. Empezamos con los cánticos. "Urí, urí, urí..."


Como había que devolver la furgonetilla que habíamos alquilado, aprovechamos para visitar el centro comercial Multiplaza que pillaba cerquita. Se trata del centro comercial más pijo (o yeyecito, como le dicen acá) de la ciudad y donde se concentran todas las marcas: Tiffany, Cartier, Bulgari, Louis Vuitton, Tommy Hilfiger, Hugo Boss... De regreso a casa pasamos por los lugares que más frecuento aparte de la oficina: el súper y el gym.

Al llegar al apartamento echamos una partida de muerto de todos contra todos. Anita causó baja para la noche. Quedamos ocho chicos. Puro campo de nabos. El plan estaba claro: casino y puti.

La primera parte de la noche tenía un objetivo claro: 240 dólares de ganancia para sufragar la entrada al club ese donde siempre se liga. Para ello nos repartimos entre la ruleta y la mesa de black jack. Tras poco tiempo allí, comenzaron las buenas noticias: íbamos ganando en la ruleta. 70 pavos, 100, 150... ¡vámonos! Una retirada a tiempo es una victoria.

Con el bolsillo un poco más pesado llegamos a la puerta del Elite. No teníamos flyers como en los buenos tiempos, pero el portero esta vez no puso ningún reparo a nuestro atuendo y nos invitó a entrar amablemente. La broma era barra libre a 30 por barba. Barra libre de ron... los demás caprichos aparte. Al entrar había muchas señoritas tiradas por los sofás. Menuda indignación, que en un sitio de estos también hubiera que entrar a las tías. ¡Lo nunca visto! Al margen de eso hubo quien hizo amistades, estudios de mercado, evaluación de daños... pero nadie con tanto tacto como el putero. ¡Qué manejo de las manos el tío! Imagino que habrá más de uno (y quizá de una) ávido de detalles sobre la noche. Esto os digo: ¿Querés saber? ¿Querés? ¡Pues no podíssss! ¡No podísss!

A la mañana siguiente un servidor tuvo que levantarse para ir a la Oficina mientras que otros tenían prevista una emocionante excursión al río Chagres para tirarse por unos rápidos y conocer una aldea de indios emberá. Al parecer no resultó tan emocionante como se preveía el día con los tubos...Tras los excesos de la madrugada anterior, una siestecilla vino bien. Por la noche, estábamos invitados a cenar en el área social del piso 51 de la torre Destiny, desde donde se domina prácticamente todo Panamá. Las pizzas casi que fueron lo de menos. Lástima que de noche no se aprecien igual de bien las vistas que hay desde esas alturas. No obstante, fue una bonita estampa para llevarse a la cama. Al día siguiente tocaba madrugar.

Ya estábamos a miércoles. Mitad de semana. El tiempo volaba. Aún así, a las 4:30 am a buen seguro que alguno habría seguido durmiendo un ratito más con mucho gusto. Pero no había tiempo. Los taxis llegarían a las 5 para llevarnos al aeropuerto de Albrook, desde el que parten los vuelos regionales. Poco más tarde de las 5:30 estábamos todos allí ya. Facturamos. La "tarjeta de embarque" parecía un cartón de la tómbola para el perrito piloto. Con semejante cartel numerado me sentí por un momento como la chica de las decenas de millar del sorteo de la ONCE, sólo que ella está mucho más buena.


Mientras esperábamos para embarcar nos inyectamos un poquito de cafeína con un café de Boquete, rico rico. Entre sorbo y sorbo, apareció él. Esos ojos azules, ese porte característico de quien está habituado a surcar los aires, ese acento español... ¿que quién es él? ¿que en qué lugar se enamoró de ti? Pues toda esta historia empezó el sábado por la noche que salimos por Pure, donde conocimos a Pablo, un español que trabaja de piloto en Panamá, y al que sus amigos también habían venido a visitar desde la madre patria. Casualidades de la vida, o no tanto, también iba a llevarles a Bocas del Toro, destino de nuestro viaje.

Al entrar en el avión, de no más de unas 35 plazas y con una hélice en cada motor, comenzaba la segunda parte del viaje. Esa en la que dejábamos atrás la ciudad y nos dirigíamos a la zona más turística del país, donde yo ya había estado pasando Nochevieja y los primeros días del 2010, para centrarnos más en lo que vienen siendo las playas y el Caribe. Unos 45 minutos después de sentarnos, estábamos aterrizando en el aeropuerto de Isla Colón. Al bajar, dos cosas para el recuerdo: el tipo que repartía paraguas al salir del avión (estaba lloviendo) y la cinta transportadora último modelo para el equipaje (una puerta de medio metro cuadrado en la pared por la que iban metiendo las maletas).

En el mismo aeropuerto ya nos asaltaron para ofrecernos los distintos tours para conocer las playas de la isla y alrededores. Como la oferta parecía razonable, dejamos que nos llevaran en taxi al hotel mientras meditábamos el plan para los siguientes días. Tras minuto y medio de trayecto nos plantamos en Las Brisas, nuestro hostal. Subimos a la habitación. Una sola habitación para los 10 (Manel llegaba a la mañana siguiente). Y la terraza...¡qué terraza!


Gracias al madrugón, aún era temprano y el día podía dar mucho de sí. Lo primero, hacer la compra. Al día siguiente, y con motivo de la Semana Santa, el gobierno había declarado día y medio de Ley Seca. Esto es, se prohibía vender bebidas alcohólicas en ningún sitio así como todo tipo de actividades bailables (lo que se traducía en que las discotecas debían cerrar). Por tanto, nos aprovisionamos bien comprando cerveza y ron a cholón.

Hechos los deberes, el siguiente paso era decidir en qué orden haríamos las excursiones para que Manel pudiera disfrutar jueves y viernes de las más guapas. Tras una ardua integral, conseguimos deducir que lo mejor para ese día era un tour que nos llevaría a ver Punta Caracol (unas cabañitas encima del agua muy chulas), la Playa de las Estrellas y la playa de Boca del Drago. Llenamos el cooler todo lo bien que pudimos y nos subimos al bote con nuestro capitán al mando del motor. El cielo no acompañaba mucho (gris y amenazando lluvia), pero nos queda el consuelo de que gracias a eso no nos quemamos más. Primero pasamos por Punta Caracol y de ahí pusimos rumbo a la Playa de las Estrellas. Estrellas de mar no había muchas, pero lo que sí que hubo de sobra fue humor. El show del Toci será recordado por mucho tiempo, en especial su vídeo parodiando "El último superviviente de José Mota". ¡Wonderful! ¡Qué grande Osquitar!


Entre cervecitas y roncitos pasó la mañana muy ricamente, sin parar de reír. Para la hora de comer nos trasladamos a la playa de Boca del Drago, donde había un restaurante de cositas ricas: cangrejo, langosta, gambas...y hasta ensaladas. En el tour estaba previsto también acercarse a ver Isla Pájaros, pero la tormenta que se avecinaba desaconsejó aventurarse por esos lares. Así pues, pusimos pies en polvorosa de regreso a Bocas. Aprovechando las últimas horas de "ley húmeda" hicimos escala en el Aqua Lounge, un garito de madera sobre el mar situado en la costa de enfrente de Bocas. Las cervecitas con la puesta del sol supieron muy ricas.


Con el cielo ya oscuro y alguna estrella asomando tímidamente entre jirones de nubes, iba siendo hora de pensar en recogerse para ducharse e ir a cenar. La terracita donde finalmente nos sentamos tenía muy buena pinta. La cena estuvo bastante buena. El servicio no tanto. De ahí la trifulca final por la propina con las camareras.

Los miércoles había ladies night en el Aqua Lounge, así que allá que fuimos. Aquello estaba hasta la bandera. Mucha gente, mucho calor, mucho gringo de spring break... y el piloto y sus amigos por allí también. Bocas no es muy grande, así que resultaba obvio que nos acabaríamos encontrando por todos lados. Eso aparte de que los españoles tenemos cierta tendencia a juntarnos allá por donde vamos.

A medida que avanzaba la noche y el nivel de alcohol hacía lo propio, los saltos alocados en cada canción hacían temblar el suelo de madera del local. Hasta que pasó... una tabla cedió y un tipo casi acaba en el agua. Poco a poco el punto álgido dio paso al momento de la retirada. Pillamos un bote y en menos de un minuto nos plantamos en el Barco Hundido, la discoteca de Bocas. Aunque aguantamos un buen rato, la música y el ambiente estaban pensados más para gente local que para nosotros.

Destacar esa noche a Anita, que con su fiebre a cuestas, dio el callo y se pegó su fiesta como la que más. Todos conmigo: ¡¡A-na, A-na, Fucker, Fucker!!

¿Y Manel? ¿Habría llegado bien a Panamá? ¿Habría encontrado mi casa? ¿Tendría algún problema al día siguiente con el vuelo a Bocas? No eran ni las 8:30 del jueves cuando ya estaba llamando a la puerta de la habitación para encontrarse con nueve cuerpos que yacían inmóviles en las camas. ¡Qué alegrón! Ya sí que estábamos todos.

A medida que fuimos siendo persona de nuevo, dimos la bienvenida a nuestro newyorker favorito. Para ese día, un nuevo tour aguardaba: la bahía de los delfines, Cayo Coral y Playa Red Frog.

La mecánica, la misma que el día anterior: llenar el cooler y subirse al bote para partir. La primera parada fue en una bahía donde unos pocos delfines asoman sus aletas de vez en cuando mientras una decena de botes repletos de turistas les persiguen para hacer una foto. Una estampa un tanto triste. Por el camino habíamos aprovechado para tirar de repertorio y enseñar al recién llegado las canciones del viaje.

De allí nos dirigimos a Cayo Coral, donde nuestro capitán prometió llevarnos a un lugar especialmente bueno para hacer snorkel. Previamente paramos en el restaurante (una vez más, un chiringuito de madera sobre el agua) donde íbamos a comer para ir pidiendo la comida, que nos tendrían preparada a nuestro regreso: dos de langosta, dos de gambas, dos de langostinos, dos de arroz con marisco, dos de pescado... Hechos los recados, Jorge, nuestro capitán, nos llevó a una roca solitaria en mitad del mar donde ningún otro bote de turistas había fondeado. Ciertamente el coral que vimos está bastante guapo, los colores muy chulos, se veían bancos de pececillos... como única pega, que la profundidad del agua era muy pequeña y había riesgo de chocar con el coral al nadar sobre él. A petición nuestra, fuimos después a otro lugar donde había mayor profundidad y más gente. Si bien era más cómodo y se veían colores muy bonitos, el snorkel no fue tan espectacular.


Tras la paradita para ponernos las botas a marisquito y pescado rico, nos encaminamos a Playa Red Frog. Para llegar a esta playa hay que atravesar una zona de manglares y después caminar durante unos 10 minutos desde el punto donde se encuentra el muelle. La playa debe su nombre a una especie de rana roja diminuta característica de la isla. Resulta muy complicado encontrarlas, por lo que para verlas hay que recurrir a los niños que las llevan guardadas en hojas de árbol para mostrarlas a los turistas. De lo visto en Bocas, ésta es la que más se puede asemejar al concepto de playa que hay en España (extensión grande de arena para tomar el sol, pasear por la orilla, jugar a voley o lo que sea...), salvo por el pequeño detalle de que donde acaba la arena comienza la selva, no el paseo marítimo y los restaurantes.

El día no dio para más y emprendimos el regreso al pueblo de Bocas. Al llegar, a pesar de la ley seca, mientras unos se quedaban echando la siesta, otros nos aventuramos a probar suerte y pedir unos combinados. No encontramos mayor problema para que nos sirvieran. Regresamos a por el resto a la habitación para ir a cenar a un restaurante italiano donde un siciliano se hace cargo de la cocina. Estaba todo riquísimo, pero pedimos tanta cantidad que sobró casi una pizza entera. Tras el atracón, unos a dormir y otros a pasear para bajar la cena. De salir ni hablamos: todos los garitos estaban cerrados por la ley seca.

Y sin comerlo ni beberlo (es un decir), estábamos a viernes. Mientras unos bajaban al chino a por unas galletitas para el camino y otros preparaban la carga del cooler, nuestro bote aguardaba para llevarnos al tercer y último tour. Destino: la isla Cayo Zapatilla.

Fue un viaje largo, de unos 45 minutos en bote. A medio camino hicimos la pertinente parada en otro restaurante sobre el agua para hacer el pedido de la comida. Allí coincidimos con un grupo de españolas que nos encontraríamos esa misma noche. El menú, pues similar al de otros días: pulpo, langosta, gambas, pescado, arroz, patacones...

En el último tramo del trayecto comenzó a llover, diluvió durante unos minutos y volvió a ser lluvia normal. Llegamos a la isla y nos encontramos a todos los turistas de los otros botes resguardados bajo los techos de las dos construcciones que había en la isla. ¿Y nosotros que hicimos? Pues lo lógico en estos casos, servirnos un roncito y bañarnos en el mar, que puestos a mojarse, qué más da cómo. En estas andábamos cuando dejó de llover, cosa que no notamos demasiado. Lo que ya nos afectó más fue cuando la botella de medio galón de ron se secó. Entonces decidimos dar un paseo para conocer la isla. Preciosa la playa, larga como ella sola, con las palmeras al borde de la arena. Y mítica la foto con la cámara apoyada sobre un tronco que no se acabó llevando el mar de puro milagro.


De vuelta hacia el restaurante, una de cánticos populares. Eran cerca de las 4, hora intempestiva para comer por estas latitudes, por lo que estábamos solos en el local. Durante la hora de la siesta empezaron los clásicos "¡Camarero! ¡Una de champiñones!" y similares. Al llegar al embarcadero del hotel algunos nos tiramos al agua desde el bote y nos pusimos a jugar con una pelota cortesía del merchan de María (lo siento, pero no puedo hacer publicidad de Cutty Sark, jajaja). Y por supuesto seguimos con las canciones, alguna dedicada a cierto personaje conocido: "...no seas tan bobo..."

A la hora de la cena hubo división de opiniones y, mientras alguno se quedó durmiendo, el resto cogimos fuerzas. A medianoche terminaba la ley seca, así que esa noche tocaba jarana. Comenzó el carrusel de duchas y copas. Como colofón, un pregunta-peta en la terraza que acabó con todos cantando y dando botes hasta que una de las tablas soltó un chasquido muy sospechoso y decidimos que iba siendo hora de salir. Al parecer, sólo un garito se había decidido a abrir: el Barco Hundido. Así que allá que fuimos. Obviamente, estaba, como diría Hulk, hasta las encerretas de una multitud enfervorecida.


Comenzó a llover, así que todo el mundo se resguardó bajo techo, lo que contribuyó a que hiciera aún más calor. Por entre el personal nos encontramos a un nutrido grupo de españoles que vivían en Costa Rica y estaban allí de vacaciones, al piloto y sus colegas con los que acabamos echando unas risas y a algún que otro panameño ilustre. De cómo se dio la noche habrá que ir preguntando puerta por puerta. Lo que sí es cierto es que esta vez la música fue más bailable y la concurrencia más multinacional que la vez anterior. Con tanto español suelto resonaron cánticos típicos como el "Yo soy español" o el afamado "Alcohol, alcohol..." Los pobres panas flipaban un poquito... Las canciones siguieron en la calle con el garito cerrando, hasta que la policía apareció para poner un poco de orden y no tuvimos más remedio que retirarnos a nuestros aposentos. La última noche en Bocas llegó a su fin.

El sábado era el día de la contrarreloj por equipos en la vuelta a Panamá. Estaba previsto que aterrizáramos en el aeropuerto de Albrook a las 17:45 y a las 19:30 teníamos que estar en el de Tocumen, previa recogida del coche de alquiler y de las maletas, para que el grueso del equipo partiera de regreso a España. Eso nos dejaba una mañana en Bocas bastante tranquila para hacer alguna comprilla de recuerdos para los seres queridos, así como tiempo suficiente para un último espectáculo: el show de Javiti y las sillas a 8 pavos. "Y la y la y la lié, oh, oh, oh Y la y la lié..."

Nos sentamos a comer en un restaurante donde el camarero era un negro del tamaño de mi armario y el tiempo que tardaron en servirnos fue directamente proporcional a lo bueno que estaba todo. Todo ello amenizado con un debate sobre la coyuntura político-económica en nuestro querido país.

Sin tiempo para más, volvimos a tiempos del trueque para negociar un transporte hasta el aeropuerto a cambio de las cervezas que compramos el primer día y que nos habían sobrado. Afortunadamente el avión despegó sin retrasos y llegamos a Albrook sobre el horario previsto. Tras el exhaustivo control de inmigración (un tipo apoyado en un poste que revisaba el pasaporte) recogimos equipaje y nos dividimos en taxis para las distintas tareas. Recogida la furgonetilla, la cargamos con todas las maletas de los 7 magníficos que partían esa noche.

Todo fue sobre ruedas y nos plantamos en el aeropuerto de Tocumen con tiempo de sobra. Después de la facturación nos sentamos en la cafetería alrededor de las últimas Balboas. Hora de despedidas. Era el final de un viaje que difícilmente se nos olvidará y que terminó con la tónica general, unos a un lado del control de seguridad y Manel, Anita y yo del otro, al son de "El ca-ballo camina p'alante el caballo camina p'atrás..." mientras los guardias del control nos miraban y no podían parar de reír.

Con un poco de nostalgia en el corazón, los tres mosqueteros nos dimos media vuelta de camino hacia la ciudad de nuevo. Era sábado y su última noche en Panamá, así que habría que salir. Después de una cenita en el ya mítico Bennigan´s nos pasamos por calle Uruguay, pero tristemente los efectos de las vacaciones de Semana Santa saltaban a la vista: garitos cerrados, poca gente por la calle... vamos, que no había ni Perry. Aun así nos tomamos una copa en la terracita del Café Uruguay para aprovechar el paseo.

El domingo comenzó temprano. Manel tenía que estar en el aeropuerto a las 8, así que tocó madrugar. Una despedida más. Queda pendiente hacer una visita al newyorker. Ya sólo quedábamos Anita y yo. Como su vuelo de regreso era por la noche, decidimos ir a desayunar mientras pensábamos cómo aprovechar el día.

La cesta francesa del Petit Paris fue un buen reconstituyente para coger fuerzas: croissant o napolitana, pan con mantequilla y mermelada, zumo y café. Además deberían habernos servido una pequeña tarrina de yogur con frutos secos, pero parece que se les había terminado. Entre bocado y bocado planeamos qué hacer. Finalmente decidimos lanzarnos a la aventura e intentar llegar al Parque Metropolitano, un bosque enorme que está situado casi dentro de la misma ciudad. Lo encontramos. Obviamente, apenas nos dio para recorrer un pequeño sendero y hacernos una idea de lo que es aquello, pero tenía buena pinta. De allí nos fuimos a las tiendas del Causeway donde Ana pudo comprar algunos souvenirs. Comimos por allá y por la tarde ya regresamos a casa para que hiciera su maleta.

Un nuevo viaje camino del aeropuerto. El último de unos cuantos que llevaba en esa semana. Una última despedida. Esta vez coincidimos en Tocumen con Víctor, que iba a acompañar a su novia. La pobre, después de aguantar el tremendo jaleo de mis visitas, también regresaba a España con unos zapatos de más (gracias Mónica). Llegó la hora de que Ana embarcara. Mientras la veía alejarse en dirección a la puerta que le correspondía me di cuenta de que el salón de casa se había quedado nuevamente vacío...

P.S.: Gracias a todos los que hicisteis posible este viaje. Sé que tengo actualizar la entrada con fotos. Pero hoy... hoy no. Mañana ;)

martes, 2 de marzo de 2010

Hacer turismo está sobrevalorado, o non-stop party en Miami

Tras una semana por la tierra patria pasando frío y retomando las buenas costumbres del tapeo, el cañeo y el copeo, viendo a mi querido Atleti dar una de las grandes alegrías del año a sus sufridos seguidores y compartiendo las horas con la gente que echo de menos, por fin ha llegado la primera incursión en territorio americano.

Y el resultado no podría haber sido mejor. ¿El destino? Miami, o la ciudad del acuífero.

Ha sido un finde intenso. El viernes por la tarde aterrizaba la expedición panameña en suelo estadounidense. Tres integrantes: Mar, Nacho y yo. En esta ocasión nos dejamos al cuarto mosquetero, si bien nos acordamos mucho de él. Tras pasar los múltiples controles de todo tipo en el aeropuerto, pillamos un taxi con dirección a casa de Rebeca en Miami Beach. El poco tiempo que estuvimos en la calle ya nos llamó algo la atención: ¡¿desde cuándo hace frío en Miami?!

Tras instalarnos en su casa y hacer las pertinentes presentaciones, una duchita y a cenar. En el restaurante conocimos a unos pocos españoles más afincados en la ciudad, así como a una de las becarias de Washington. La ensalada que me pedí no tiene precio a la hora de guardar la línea: un lecho de lechuga sobre una base de patatas fritas, tomates cherrys y todo ello coronado con un filetaco troceado que estaba de cine.

De allí nos movimos a la casa de otro español (aún sigo preguntándome cuál de todos los que estaban allí era el que vivía en el piso) para empezar a regar el cuerpo por dentro. Al parecer las buenas costumbres piratas han llegado hasta Miami y corrió el ron con alegría entre la numerosa tripulación que se había congregado en cubierta, o lo que es lo mismo, la pedazo de tropa de más de 50 españoles que había allí poniéndose tibios. Y es que la primera sensación que nos transmitió esa estampa es que la vida del becario miameño es como un Erasmus, jajaja

Cuando el alcohol empezó a escasear fue hora de ir a algún garito. Acabamos en uno con música de un estilo desconocido para mí (¿rock? ¿indie?), pero que con las copas y la nutrida y animada compañía que llevábamos se convirtió en perfectamente adecuada para pasarlo bien mientras bailábamos o aprovechábamos para conversar con algunos de los españoles miameños.

Finalmente las luces se encendieron y un negro enorme nos invitó amablemente a abandonar el local mientras nos arrimaba su crecido vientre.

En la mañana del sábado había puestas grandes expectativas: era el gran día, el día de la fiesta en el catamarán. Lamentablemente, el día amaneció nublado. Pintaban bastos. Aún así nos preparamos y nos fuimos a desayunar a una terracita de Miami Beach para coger fuerzas. Buena ración de huevos nos metimos entre pecho y espalda. Después de que la camarera calculara la integral triple de cómo cobrar 40 dólares en una tarjeta y 20 en otra (sí, el desayuno era caro y no, la cuenta no era tan difícil) y aun así equivocarse, pusimos rumbo al embarcadero mientras mirábamos de reojo al cielo.


Tras un largo rato esperando y deliberando sobre la mejor opción, se decidió aplazar la salida del catamarán al domingo, día para el que el pronóstico anunciaba mejores condiciones climatológicas. ¿Y qué hacer entonces? Pero la organización del evento enseguida apareció con una solución: "¡Vamos a mi casa!" Afortunadamente sólo nos apuntamos al plan un pequeño grupo de los cerca de 100 españoles citados para el catamarán (sí, sí, 100 españoles). Eso sí, ¡menudo planazo! Resulta que los organizadores vivían en un pedazo de edificio que parecía un hotel, con un jardín que parecía un parque, con tienda dentro del edificio y con dos jacuzzis y una piscina con unas vistas del mar y de Miami acojonantes.

Soplaba un viento un tanto fresco, estaba nublado y llevaba jersey. Pero tras pensármelo un rato, acabé en el jacuzzi con los demás. ¡Ay omá, qué rico! El agua calentita, las burbujitas...y por supuesto un ron en la mano. Empezó a llover... ¿y a quién le importa eso en un jacuzzi en Miami? Llegaron las hamburguesas que habíamos pedido... pero qué bien se estaba en el jacuzzi, la hamburguesa podía esperar. Como la lluvia arreciaba, nuestro anfitrión propuso subir a su casa (con lo a gusto que estaba yo en el jacuzzi...). Allí se improvisó una fiesta (música, ron, gente animada, un Twister...) en un apartamento de no sé qué piso con unas vistas de Miami Beach bastante guapas. Ni el arco iris se lo quiso perder.

Cuando se fue el sol, iba siendo hora de pensar en recogerse cada mochuelo a su olivo para una duchita y aprestarse a salir again. Tuvimos algunas bajas por el camino, así que tuvimos que echar Nacho y yo un mano a mano. Nos juntamos con unos cuantos españoles del grupo miameño para ir a un garito sin ningún tipo de glamour, de música indefinida (en este caso no sé si la conocía o no, simplemente no la recuerdo muy bien), pero divertido. Fue una noche con varias anécdotas, unas cuantas rondas y algún que otro chol in. Una vez más, tuvieron que encender las luces para que nos marcháramos a casa.

El domingo por fin amaneció soleado, aunque frío. Sin tiempo más que para comprar algo de alcohol y unas galletas que asentaran un poco el estómago, rumbo al embarcadero una vez más. Poco a poco fueron apareciendo nuevamente los 100 españoles que íbamos a participar del evento. Al haber llegado pronto, pudimos escoger barco: el Great White. Metimos la bebida en los congeladores y empezamos a movernos al ritmo de la música del dj de a bordo con la primera cervecita del día. No se hizo esperar la primera baja del día (móvil al agua), pero afortunadamente no hubo ninguna más.

Navegamos por entre islitas y enormes cruceros hasta llegar a un pequeño islote cubierto de palmeras donde echamos el ancla. Allá estuvimos, copa va copa viene, con la musiquita y el buen rollo. ¡Chooolujo! (o lo que es lo mismo, mucho lujo;)

El tiempo pasó volando. A la isla fueron llegando pequeñas embarcaciones que querían estar cerca de semejante fiestón. A media tarde emprendimos la vuelta. Los efectos del alcohol se dejaron notar y todo el mundo bailaba barco arriba barco abajo. ¡Un fiestón!

Se podría pensar que con esto el expediente del domingo estaba cubierto, ¡pero no! Nos montamos en el descapotable de Pedro (junto con Barce, el núcleo duro de la organización: mil gracias chicos) para ir a un restaurante español: La Giralda. Casualidades de la vida, el domingo 28 de febrero coincidió con la fiesta del día de Andalucía y había rebujito a cholón, sevillanas, un tipo con una guitarra... y claro, con tanto español, se armó la marimorena. Palmas por aquí, bailes por allá, hubo quien se arrancó a cantar incluso. Un colofón a un domingo muy grande.

De allí fuimos a casa, ducha y salimos a cenar a un cubano de por allí cerquita. Alguien habló de una Full Moon Party en la playa, pero las pilas no daban para mucho más.

Fue un finde increíble. ¿Que cómo es Miami? Ni idea. ¿Qué he visto de Miami? Nada. ¿Que si volvería? No sé ni por qué me fui.

P.S.: Mil gracias Rebe, a ti y a toda la gente de Miami

sábado, 13 de febrero de 2010

Llegando está el carnaval...

He titulado esta entrada recurriendo a uno de los títulos que uno de los grandes cantautores de los últimos tiempos -obviamente, me estoy refiriendo a King Áfricay su "Humauqueño"- contribuyó a popularizar hace ya algunos años. Y he elegido esta frase porque representa un poco el ambiente que se respira en todo Panamá. La gente lleva aguardando el carnaval como agua de mayo desde que terminaron las Navidades.

El carnaval en Panamá es una semana en la que se desata la fiesta y la locura, las reinas al más puro estilo tinerfeño lucen sus preciosos trajes, las murgas se encargan de poner el ritmo... y por supuesto corre el guaro (alcohol en general, de cualquier clase) por doquier y las hormonas se disparan a niveles insospechados.

Lamentablemente por un lado, no estaré aquí para vivir el carnaval en todo su apogeo. Afortunadamente por otro, mientras escribo estas líneas mi escaso equipaje (para tan largo viaje) aguarda paciente las horas que me quedan para volver a la tierra patria y compartir unos días con mi gente más querida.

Para resarcirme por mi ausencia en tan señalada fecha para cualquier panameño, el miércoles acudí a una fiesta de máscaras. En las fotos se puede apreciar el atuendo y la evolución de la noche...

sábado, 23 de enero de 2010

Felicitaciones, despedidas y una chiva

Hace tanto tiempo que no escribo que a estas alturas aún no he felicitado el año en el blog. Lo dicho, ¡feliz 2010 a todas y todos!


Para la entrada del nuevo año una nutrida representación española, formada por expatriados y becarios de allende los mares, elegimos un emplazamiento de lo más exótico: la caribeña región de Bocas del Toro, que comprende varias islas en la vertiente atlántica de Panamá, cerca ya de la frontera con Costa Rica. La fiesta de Nochevieja en concreto tuvo lugar en un resort en la misma playa, donde unos 150 invitados disfrutamos de un rico buffet para cenar y barra libre de autoservicio durante toda la noche, música variada, hoguera en la playa, palmeras, el mar... la verdad es que en un sitio así el tiempo parece detenerse en vez de avanzar un año.

Bocas es un pintoresco pueblito de casas bajas, con una calle principal formada por hostales, tiendas de chinos, puestos de artesanía, restaurantes y algunos negocios locales. En los días que estuvimos por allá tuve la oportunidad de asistir a una competición de bodyboard en una playa espectacular, admirar las ranas rojas de Playa Red Frog, ver a unos pobres delfines ser perseguidos por los barcos de turistas y comer langosta rica en un restaurante hecho de madera sobre el mar.

La experiencia fue totalmente positiva, por lo que a las visitas que vengan de España (chavales, ya queda menos) u otros lugares procuraré llevarles a ver los encantos naturales de Bocas y su fiesta nocturna, también digna de mención.

Tras un finde de paréntesis, en el que lo más destacable fue haber visto 'Avatar' en 3D, la semana pasada nos reunimos para despedir al compañero Yelel, quien pone punto y aparte en su aventura en Panamá para probar suerte en la tierra patria.

Para asegurarnos de que la despedida fuera memorable, el viernes se alquiló una "chiva parrandera". Esto es: un autobús de esos escolares americanos (sí, como el de los Simpson) de la época de los dinosaurios con aerografías de dudoso gusto, donde suena música a todo volumen, la gente va de pie agarrándose donde buenamente puede y hay una barra para pedirse los tragos que uno quiera. El conductor, con buen criterio, no suele superar los 50 km/h mientras hace su recorrido por distintas calles de la ciudad. El plan noctruno incluyó una pausa en el parking de 'zona viva', una de las zonas de discotecas más de moda en la ciudad, donde pudimos bajarnos del bus y estar ahí a nuestro rollo, para después regresar al punto de partida con la gente ya cargadita de grados. Cuando me preguntan cómo fue la chiva, yo contesto: "Apenas me podía mover de la gente que había, todo el mundo me tiraba las copas encima, hacía un calor de la ostia... pero me lo pasé muy bien".

Al día siguiente nos juntamos en un restaurante español a comer una paellita por cortesía del señor Tomé para celebrar su cumpleaños. De paso vimos un poquito el fútbol. ¡Sorprendente el ambiente del local cuando juegan el R. Madrid o el Barça! Y es que en Panamá se sigue mayoritariamente a tres equipos: a los New York Yankees en béisbol, y al Real Madrid o al Barcelona en fútbol.

Por último, expresar desde aquí todo mi apoyo y admiración para todos aquellos que están haciendo lo imposible para paliar en la medida de sus posibilidades las terribles consecuencias del terremoto en Haití; una catástrofe que de una u otra manera ha afectado a muchas personas. Un recuerdo especial para todas ellas...

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Fuegos y agua. Calor y frío

He estado a punto de titular este entrada como la segunda parte de aquella en la que hablaba de los contrastes.

En Nochebuena, gracias al desfase horario, tuve oportunidad de hablar con la familia recién levantado de la siesta mientras ellos se encontraban ya reunidos alrededor del turrón y cantando villancicos. Mi noche comenzó con una cena de langostinos y carne hechas en la barbacoa del área social de unos 'pasieros' españoles en el exilio (gracias César y Albert), regado todo con unas cervecitas. De postre, un poquito de turrón para sentirnos lo más cerca a 'como en casa'... y mucho ron.

Gracias a la privilegiada ubicación del edificio donde nos encontrábamos, pudimos ver los fuegos artificiales que se lanzaron desde los diferentes barrios de Panamá a medianoche. Fue todo un espectáculo ver más de una decena de puntos por los que asomaban los cohetes llenando de color el cielo de la ciudad.

La noche transcurrió agradablemente, entre copa y copa, buena compañía, una visitilla a un garito de Casco Antiguo con unas vistas impresionantes del skyline panameño; y acabó con mis huesos en la piscina de nuestros vecinos Mar y Nacho cuando ya salía el sol...

El día de Navidad dejó sentir una vez más los efectos del duro garrote del Abuelo. El día transcurrió sin pena ni gloria hasta la cena, momento en el que nos juntamos una buena tropa para rememorar de alguna manera las reuniones familiares a las que estamos acostumbrados por estas fechas en torno a una mesa bien llena de platos con todo tipo de comida.

La mañana del sábado partimos rumbo a las playas del Pacífico. Tras aprovisionarnos de lo básico (cervezas, ron y alguna cosilla de comer) fuimos a la playa de Malibú. Un día de sol y bañitos en el mar en plenas navidades fue, por lo menos, por lo menos... inusual, jajaja.

Cuando cayó el sol nos embarcamos rumbo a Cerro Campana, donde se estaba celebrando una rave en mitad de la montaña. En apenas media hora cambiamos el bañador y la crema del sol por los pantalones largos y una sudadera. En lo alto de la montaña soplaba un airecito de lo más fresquete.

La cabina del dj era una pequeña mesa con sus altavoces rodeado de varios hilos de colores que completaban una maraña enganchada a los árboles de alrededor, así como algunos pedazos de tela que reflejaban la luz de un pequeño láser. Por las proximidades había tiendas de campaña y colchones tirados sobre el césped de los cerca de 40 asistentes al evento. Estoy seguro de que casi todos vieron en algún momento de la noche pitufos y al dragón del pasillo.

Uno de los momentos estelares de la noche fue irse a domir. Una vez que hube visto y bailado suficiente, me fui... ¡al coche! Porque claro, una rave en mitad de la montaña y sin ningún conductor capacitado tiene sus pequeños inconvenientes. Tras probar el maletero del Nissan Pathfinder de mi compañero Víctor, llegué a la conclusión de que el asiento reclinable del copiloto era mucho mejor opción.

A eso de las 8 de la mañana, con la música sonando de fondo aún, decidimos que era preferible dormir en la playa que seguir castigando nuestros cuerpos y nuestras mentes de aquella manera.

Tras un buen reconstituyente en forma de desayuno llegamos a El Palmar, la playa donde conocí el Pacífico. Arena negra, olas y mucha gente. Fue divertido bañarse mientras llovía. Cuando nos cansamos de mojarnos a base de agua dulce nos marchamos a comer y pusimos rumbo a Panamá.

Esto de enfilar la playa con una botella de ron como único equipaje me ha hecho recordar esa canción de uno de nuestros grandes cantautores, conocido en toda aerolínea por su poder para hacer retroceder un avión, donde dice: "Sí yo soy un bucanero, sin parche ni patapalo..." Eso sí, como aclara luego: "...que yo no soy de los malos, ¡yo soy un pirata bueno!".

domingo, 20 de diciembre de 2009

Navidad pirata

Cuando durante más de un cuarto de siglo las fiestas navideñas que uno ha vivido se han caracterizado por el frío, ¿la nieve?, las luces en las calles, regalos, comidas y cenas con familia y amigos... resulta difícil hacerse a la idea de que todo eso está ocurriendo a miles de kilómetros de aquí, un año más, mientras yo me encuentro escribiendo estas líneas con el ventilador puesto para combatir los 28-30ºC de temperatura y una humedad que rondará el 85%.

Más allá del sentimiento religioso con el que cada cual vive estos días, parece innegable que en nuestra cultura son unas fechas en las que las familias se reúnen (para bien o para mal, que de todo hay en esta vida). Y aunque suene a tópico y a guión de película navideña de domingo a mediodía, en estas fechas un servidor echa especialmente de menos encontrarse en casa con los suyos... con todos vosotros.

Como tampoco soy yo de ponerme muy melancólico en público, he decidido que para intentar reducir la distancia que nos separa, podría contaros cómo se viven estas fechas en el istmo.

Lo primero que me llamó la atención fue lo pronto que empieza aquí el bombardeo consumista. Desde que llegué a Panamá, allá por los primeros días de octubre, ya estaban en los supermercados distintos adornos para los árboles, manteles con motivos navideños, etc. Bien es cierto que en noviembre hay una especie de tregua, ya que noviembre en Panamá es el mes de la patria y todos los esfuerzos se concentran en acumular por la calle el mayor número de emblemas nacionales (resultaba increíble ver bancos, restaurantes, peluquerías y todo tipo de locales luciendo los colores nacionales por doquier; así como numerosos vehículos portando en los lugares más insospechados la bandera panameña).

Al llegar diciembre todo ello ha sido sustituido por los adornos navideños: árboles y nacimientos son los más habituales, si bien pueden encontrarse decoraciones de diversa índole. Baste como ilustración la tripulación pirata que uno puede encontrar paseando por la Cinta Costera: ¡ojo al conejo pirata y sus secuaces!



Y es que no conviene olvidar que la historia de Panamá se ha visto salpicada por esos personajes que andan a medio caballo entre la historia y la leyenda: los piratas. Quizá el más relevante para el país haya sido Sir Henry Morgan. Este caballero, al parecer galés de nacimiento, vivió durante muchos años en Jamaica, desde donde organizó varias expediciones contra diferentes puertos del Caribe. Concretamente entre finales de 1670 y principios de 1671 tuvo lugar el viaje que culminó con el ataque y saqueo de la antigua ciudad de Panamá a manos de Morgan y sus hombres. Las ruinas de lo que quedó en pie tras el asalto es lo que se conoce hoy día como el Panamá Viejo.

Hoist the colours!

jueves, 17 de diciembre de 2009

El señor Wilson: de la isla a Marbella

Hacía tiempo que tenía pendiente escribir sobre mi humilde morada, ese apartamento de una octava planta que comparto con Víctor, con quien visité más de 10 'soluciones habitacionales' antes de decidirnos por el que previsiblemente será nuestro hogar en la capital del país istmeño durante los meses que estemos aquí.



El edificio está situado en el barrio de... ¡Marbella! ¿Cerca del mar? Correcto. ¿Hay palmeras por la calle? Ciertamente. ¿Pescado fresco? También. ¿Un poquito de corrupción? ¡Cóóóómo nooo! ¿Entonces estoy en la Costa del Sol? Casi... estoy en la costa del Pacífico. Tan cerca, tan lejos. Si me encontrara a Imperioso galopando a sus anchas por la playa tal vez pensaría que... ¿playa? Ah, que en esta ciudad no hay de eso.

El apartamento consta de un gran espacio bastante mal distribuido llamado cocina, dos habitaciones (incluyo foto de la mía, donde como podéis ver la bandera que me firmasteis muchos de vosotros ocupa un lugar preferente para teneros siempre presentes), dos baños y un hermoso salón-comedor donde poder alojar a todas aquellas visitas que vayan llegando. También existe lo que se conoce como 'baño y cuarto de empleada'. Al parecer es normal que los apartamentos incluyan un pequeño cuarto donde apenas cabe una cama y un baño igualmente pequeño que, teóricamente, están destinados para el uso de la empleada del hogar. En nuestra casa es un espacio totalmente desaprovechado por el momento.


La ubicación tiene varios puntos a favor según nuestro punto de vista -que al fin y al cabo es el que cuenta:

1.- Estamos a 3 minutos andando del curro.
2.- Hay una zona de restaurantes y discotecas a menos de 10 minutos.
3.- Un centro comercial a 5 minutos y dos supermercados en un radio de 15-20 minutos.
4.- Un chino y una licorería casi debajo de casa.
5.- A 2 minutos, la Cinta Costera (lo más parecido a un paseo marítimo).

Todos ellos nos parecieron motivos suficientes para decantarnos por esta opción. Que fuera el más barato que encontramos puede que influyera algo también...

Marbella. Un barrio tranquilo, seguro y con un acceso relativamente cómodo a diversos servicios. Y es aquí, a tierra marbellí, donde llegó hace unas semanas proveniente de la remota isla Coíba nuestro nuevo compañero de piso. Víctor rescató a Wilson de entre la arena, donde se hallaba medio sepultado y con síntomas de deshidratación, y decidió ofrecerle un hogar lejos de un posible rodaje con Tom Hanks. Se encargó de cuidarle, nutrirle y procurarle un lecho calentito donde acurrucarse. Nos alegra ver cómo el señor Wilson se ha recuperado y parece encontrarse a gusto entre nosotros. Va a quedarse en casa por un tiempo aún indefinido, por lo que sólo me resta decir: ¡Bienvenido señor Wilson!